Educar en la defensa del territorio

Parece ya más que claro que el modelo de desarrollo urbano y territorial que tenemos se ha de cambiar. Por cuestiones ambientales, económicas, sociales y culturales, es ya un planteamiento de la ciudad, el territorio y de las relaciones que en ellos se producen obsoleto. Hablamos del modelo que ha permitido y fomentado un desarrollo inmobiliario bajo el dogma del “todo vale” creando grandes y rápidas plusvalías, un enriquecimiento a la larga falso, insostenible e injusto, que solo ha abarcado una dimensión (el crecimiento económico) sin prestar atención a las demás (cohesión social, sostenibilidad ambiental, equidad y eficiencia económica…).

Este planteamiento es ya muy aceptado en círculos profesionales y académicos, y son muchos los adelantos que en la buena dirección se han hecho y se están haciendo. Pero si atendemos a los posibles agentes de los que un cambio de modelo depende (políticos, técnicos, promotores privados) la mesa cojea, y vaya si cojea. Primeramente, parece que los esfuerzos realizados hasta ahora se están encaminando a reforzar el modelo que la crisis económica parece que puede ayudar a dejar atrás. A las bondades del PlanE habría que añadir una serie de aspectos negativos, como la falta de perspectiva a futuro, la insistencia en el sector de la construcción (y no apostar por un cambio de modelo económico) o el corto plazo para pedir subvenciones (lo que ha hecho que muchos ayuntamientos comprensiblemente hayan inventado obras un tanto “absurdas” con tal de recibir las ayudas) . Por cierto, parece que se acerca un PlanE Rural, que visto el anterior da un poco de miedo.

Pero la razón más importante por la que la terna de políticos-técnicos-promotores privados no basta para cambiar un modelo de desarrollo y gestión territorial, es que a pesar de ser quienes tienen las herramientas para llevarlo a cabo, sólo la sociedad tiene realmente el poder de poner en marcha el proceso. “Sólo saliendo de la actual situación de desconocimiento y de adormecimiento social será posible el cambio del actual modelo de crecimiento, que utiliza el territorio como generador de plusvalías, por un nuevo modelo en el que los valores sociales y ambientales del territorio sean reconocidos y gestionados como patrimonio colectivo heredado y como importantes activos de desarrollo de las generaciones actuales y futuras”.1

Hace falta una gran labor y esfuerzo hacia una pedagogía social que implante valores de reconocimiento del territorio en todas sus dimensiones y no sólo en la económica como hasta ahora. ¿Y cómo nos enfrentamos a esta situación? En un reciente estudio publicado en el Journal of the American Planning Association Paul G. Lewis y Mark Baldassare analizan la naturaleza de la opinión ciudadana ante la idea de un desarrollo compacto, la rehabilitación y densificación de espacios existentes, políticas de diversidad y usos mixtos en la ciudad y fomentar el transporte público. En Estados Unidos el problema es diferente del nuestro, pero es interesante ver cómo se lo están cuestionando.

En mi opinión la principal y más esclarecedora conclusión de este estudio más allá de ver que alrededor de la mitad de las personas demandadas (por resumirlo esquemáticamente) apoyan o ven con optimismo los factores alrededor de un desarrollo urbano compacto en Estados Unidos, es la escalofriante verdad de que existe un gran desconocimiento a nivel de la ciudadanía sobre temas de planeamiento urbano, usos del suelo, ordenación y organización de la ciudad y el territorio. Es decir, no hay una cultura o sabiduría popular que ayude a saber cómo queremos realmente vivir.

Se interesaron por ver si las opiniones personales eran consistentes; es decir ¿la gente que expresó una opinión favorable a la compacidad en una de las preguntas lo hizo también en las demás? Muchos demandados se enfrentaron a las preguntas de forma independiente, sin verlas todas ellas como un concepto interdependiente. Por ejemplo, de los encuestados en el Suroeste que preferían una casa pequeña con un jardín pequeño y corto trayecto al trabajo, el 39% optó por un barrio estrictamente residencial, y un 61% prefería un barrio de baja densidad dependiente del coche.

La falta de conocimiento en temas de desarrollo metropolitano y planeamiento puede explicar la falta de coherencia de las respuestas obtenidas. En una encuesta en California en 2001 más de dos tercios de demandados nunca habían oído el término sprawl o sí lo habían oído pero no tenían opinión sobre él.

Personalmente es un tema que me inquieta desde hace un tiempo, el cómo se podría educar mínimamente en estos temas a la población y crear una cultura de protección del territorio. Ser coherentes con la forma y el contexto en el que vivimos. Llegar al nivel de conocimiento popular que puede haber sobre los coches, por ejemplo. Sería muy interesante realizar un estudio análogo al de California y Suroeste de Estados Unidos en Euskal Herria, para ver cómo son y qué consistencia tienen los debates que entorno a este tema existen hoy en día, pero no sólo a nivel de calle o debate de bar, también me preocupan, y mucho, el nivel de conocimiento que se tiene a nivel político.

 

1. Extracto de la memoria de presentación de la mesa redonda “Educar en la defensa del territorio” que tuvo lugar en La Casa Encendida de Caja Madrid el 27 abril de 2010.

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